En recompensa a su fidelidad y a su capacidad como gestor, recibió en título de gobernador de la provincia romana de Siria, puesto que desempeño con éxito hasta que fue designado sucesor del emperador a la muerte de este en el año 117 d. d. Cristo.
Una vez en el poder, aprovecho para llevar a cabo una política de estabilidad y de paz en todas las provincias. Renunció a las nuevas y costosas provincias exteriores conquistadas por su sucesor, y comenzó un proceso de romanización del resto.
Esto provocó la rebelión de los judíos más ortodoxos, los cuales querían evitar la absorción cultural que suponían las nuevas disposiciones. Estalló así una rebelión que conquistó la capital, Jerusalén, y que mantuvo en jaque al Imperio durante unos pocos años, hasta que al ser derrotada, desató unas terribles represalias.
Jerusalén fue arrasada y toda su población deportada a otros lugares, se prohibió cualquier manifestación religiosa y acto público entre los hebreos.
A pesar de esta acción de castigo, Adriano se preocupó mucho de la situación de las distintas provincias. En sus viajes conoció la forma de vida y las inquietudes de gran parte del Imperio. Durante su estancia en Britania, ordenó la construcción de una muralla que separara la zona romana de los bárbaros pueblos pictos.
En el terreno cultural, Adriano destacó por su amor hacia la cultura griega. Como resultado de sus viajes, construyó una villa a las afueras de Roma: Villa Tívoli, donde poder disfrutar de un merecido descanso. Además ordenó la construcción del Castillo de Sant’Angelo (construido como mausoleo) y del Panteón, uno de los mejores edificios conservados de la antigüedad.
Es famosa su relación con su favorito Antinoo, un bello joven al que idolatraba. Durante su estancia en Egipto, su adorado Antinoo se ahogó en el río Nilo. Su dolor fue tan grande que ordenó construir una ciudad en su honor, llegando a convertirle en un dios más del panteón romano.
Pasó sus últimos años en Villa Tíboli, murió en el año 138 d. d. Cristo.